24 abril 2009

[Confesiones de un pederasta] I

I

Nunca me había preguntado por qué me volví pederasta. Lo que sabía es que odiaba alos niños con todas mis fuerzas. Algo contradictorio, ¿no? Se diría que un pederasta ama a los niños. Pero, por definición, a uno como yo no le interesa mucho el bien -material y físico- de la víctima.

No recuerdo mucho de mi niñez. Pero si algo se me quedó grabado, como con fuego, fueron esas ganas. Sí, esas ganas de ser siempre el de menor edad en los juegos. Recuerdo un día en especial, que jugábamos a tener poderes. Yo quería ser el más joven del equipo, pero alguien más pidió el puesto y todos lo apoyaron. Me enojé tanto, que me acosté en la cama y dije ser el más viejo, tan viejo que me era imposible ir a pelear.

Esto me lleva a pensar que, lo que más me gustaba de todo cuando niño, era ser el menor. Recuerdo mis fantasías morbosas en las que todos los menores que yo, morían. Me convertía en el único, el más consentido. Tal vez desde siempre me faltó un poco de atención, o sentí la necesidad de llamarla.

Hay otra cosa que recuerdo: nunca quise hermanos. Ante esa idea, me tornaba voluble y comenzaba a poner mil pretextos, mil inconvenientes, mil berrinches. Tener un hermano era algo inconcebible para mí ya que toda la atención se desviaría. Terminarían ignorándome.

Con el tiempo, desarrollé un rechazo especial hacias las mujeres embarazadas y hacia los niños. Odié a los bebés con toda mi alma y quise matarlos de forma sanguinaria y violenta. Tenía sueños húmedos pensando en cómo torturaría a una mujer embarazada, matando ese producto diabólico poco a poco...

Así es que, por eso, cuando un amigo me dijo que le gustaban los niños y que había tenido relaciones sexuales con ellos, no me molestó pedirle que me enseñara ese extraño mundo. Para eso comencé a investigar un poco y me di cuenta de la diferencia que existía entre decir "soy pedófilo" y "soy pederasta". Con la primera, uno implica que le gustan los niños, pero no se atreve a fornicar con ellos; es como un amor puro. En la segunda, uno implica que le gusta coger con niños y que no le interea si él no quiere.

Y ya con esta información completamente procesada, empecé a recorrer el camino, siempre bajo la dirección de mi fiel amigo que, para ese tiempo, ya era mi mejor amigo.

Él me enseñó el arte de la seducción. Me dijo que primero debía tocarles los hombros, como para decirles que debían confiar en mí. Después, si veía que no se resistían, podía abrazarlos y hasta hacerles leves caricias. Al final venían los besos. El procedimiento de llevarlos a la cama era más difícil. Por suerte, él era un buen maestro y me mostró todo explícitamente, en vivo.

Poco a poco me adentré en ese mundo y, casi sin darme cuenta, me sumergí sin tomar aire, de un solo salto.






Nueva novela, si así puede llamársele.

Kissu Oshitari~